“Conozco esta ciudad como la palma de mi mano”. Esta aseveración tan popular, la habremos oído mil veces vez a lo largo de nuestra existencia. Yo no se si uno se mira mucho la palma de la mano, debe ser que sí aunque, ahora que me acuerdo, había algo relacionado con la palma de la mano que sitúo en la infancia, cuando, ante la escandalosa evidencia de la peste, un profesor de primaria o preescolar (no recuerdo bien) nos dijo: “¡Pero qué asco! ¿Quién es el cerdo que se ha tirado un pedo?. No os preocupéis, que al que haya sido lo voy a pillar... seguro que se le han puesto las palmas de las manos rojas como un tomate”.
Así, pretendía descubrir a aquel que, en teoría, había llevado a cabo la acción, que se suponía sería aquel que se mirara la palma de la mano.
En ese momento, varios niños lo hacían, no necesariamente porque fueran culpables de delito contra el olfato, sino por simple curiosidad o para comprobar que éstas permanecían con su habitual blanco rosado y no habían cambiado a rojo tomate. Al mismo tiempo otros ni se canteaban, permanecían quietos como estatuas de piedra, unos porque a lo largo del día o en ese mismo momento se habían efectivamente tirado un pedo y otros porque, si se movían o hacían cualquier gesto que pudiera ser interpretado como un examen de manos, se exponían a ser acusados públicamente -cosa que nadie quería por ser motivo de gran vergüenza y escarnio. Significaba quedar marcado como un cerdo, independientemente de que el resto de los niños fueran tan “culpables” como él.
Si, por alguna circunstancia ajena a la ventosidad, como pueda ser el calor, los nervios, o la natural rojez de la palma de la mano debido a cuestiones de circulación sanguínea, alguno de los curiosos se observaba las manos y las descubría anormalmente rojas, la angustia estaba asegurada...
Pensamiento rápido sobrevenido. En este caso, el buen conocimiento de una ciudad por parte de alguien me lleva a rememorar un episodio vivido en algún momento de ese estado ingenuo y feliz, pero también angustioso y cruel que es la infancia, viendo cómo el adulto adiestra al niño, proponiéndoselo o no, en las artes de los controles sociales no institucionalizados que son, al fin y al cabo, aquellos por los que nos acabamos guiando, ya sea porque los acatamos o porque los rechazamos.
martes, 17 de julio de 2007
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1 comentarios:
Again Anacleta, maravillosa reflexión.
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