El Jefe es, ante todo y sobre todo, lo que se conoce por un "mierda". Alto, grande, gordo que no rechoncho. Llegó a ese puesto tras descaradas trampas, por ser "amigo de". Esto último no es un novedad, ni lo anterior tampoco, es decir, "mierdas" los ha habido siempre, y siempre los habrá.
Tiene la voz bronca, como de ogro pequeño y la practica a un volumen intolerable. Los ojos, dos chinchetas. Se ríe, claro está, como Papá Nöel y agita los hombros arriba y abajo mientras mueve sus manitas de ratoncito avaro y cobarde, como si fueran hélices.
Tuerce la boca echando la cabeza hacia atrás, de tal manera que piensas: es una especie de subnormal.
Su rostro, regordete y vulgar denota que empina el codo. Dice que le gustan los vinos jóvenes, que los prefiere, lo que demuestra que no tiene ni puta idea. También dice que le gusta comer, eso es evidente, pero aboga por lo que él llama "comida casera" que en realidad es la típica bazofia castiza de restaurante barato.
Es todo un personaje, una fuerza de la naturaleza y se nota que pretende que todos piensen que es un tipo noble y claro, que no se anda con chiquitas. Dice cosas como " conmigo todo a las claras, nada de subterfugios, la verdad por delante". En realidad te informa de cómo tienes que ser tú, no de cómo será él. Lo cierto es que, detrás de esas palabras y esos aspavientos se suelen ocultar personajes de cuidado, de esos que a la primera de cambio te la juegan. Este es así.
Si estuviéramos en otra época, sería una especie de alguacil, uno de esos típicos servidores de la justicia y el orden, que la haría cumplir a todos, menos a él mismo. Si fueran los 50, sería un sereno o el guarda de un parque.
Como no podía ser de otra manera, le gustan los perros grandes, como él, claro. Me lo imagino paseando a esa especie de oso que tiene (pobre perrito, o perrazo, no tiene la culpa), pisando fuerte por el parque como diciendo: "aquí estamos, yo y la prolongación de mi yo". Ya puestos, podría rescatar y pasear por ahí a uno de esos pobres osos siberianos del Zoo de Lisboa, haría una buena acción y nadie se daría cuenta del cambio. Con suerte el oso lo podría devorar, pero no acabo de tener claro si sería al revés. Mejor dejar en paz al pobre oso...
miércoles, 20 de junio de 2007
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