Un funcionario, de un ministerio de su país, siente un deseo apremiante de eliminar, desintegrar a su inmediato superior, y a algún otro. Sufre lo que se denomina acoso moral en el trabajo. Decía Alejandro Dumas, el hijo bastardo del novelista Alejandro Dumas, que no llegaba a entender “como, siendo los niños tan listos, los adultos son tan tontos”, y que debía ser esto fruto de la educación. Pues bien, no se si se puede generalizar, pero me temo que, con algo más de un siglo por medio, no le falta razón. Después de un largo y lento centrifugado en el sistema educativo y, en general, en la vida, este funcionario anónimo es dolorosamente consciente de la cruda realidad: casi siempre vence la miseria.
Va a hacerlo, si, se dispone a desatar a través suyo el ataque de un animal primitivo, la rabia de una bestia hostigada, perseguida, herida y sangrante que calcula que ya le queda poco, que mide sus fuerzas para asestar el golpe definitivo y arrastrarse después a morir en una oscura cueva.
Es el estrés, dicen, una fuerza poderosa. En el reino animal lo saben desde siempre. Una cebra o un guepardo lo sufren a gritos. Nosotros, en silencio. Bajo peligro, en una situación de acoso, cuando la vida corre alto riesgo, hasta el último músculo se tensa y toda la energía vital se centra en huir de tal manera que, las hembras dejan de ovular y los machos acusan un brusco parón en la producción de espermatozoides. Un ser humano sufre lo mismo, pero sin que le persiga un león. Somos animales y se nos atenaza poco a poco, con lenguaje verbal, con ideas y, lo peor de todo, en estado de reposo. El resultado es devastador.
Pero mejor que desatar la ira, aunque haya sido largamente conjurada, es convertirla en imaginación, en fuerza creadora, para no caer en el foso oscuro de quienes la cultivan. ¿Cómo podría hacer esto nuestro doliente servidor público? La respuesta es muy sencilla, creando un símbolo perfecto, haciendo de la resistencia un ritual de corto alcance: la tarta en la cara.
Una tarta en la cara o un cubo de mierda de cerdo bien líquida. Cuando los canales no funcionan y obligan a una persona a sufrir durante meses o años una tortura indecible, al ser complicado demostrar o evidenciar ante el espectro de lo legal que el acoso moral existe y como quiera que el que tiene el poder manipula las situaciones y las normas a su antojo, no queda otra, hay que romper la baraja, hay que poner las cosas en su sitio sin saña, con mucho humor, con un talismán purificador de dulce o fétida apariencia...
continuará... bueno... ¡mejor no!
jueves, 7 de diciembre de 2006
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